En sus orígenes, el rock fue concebido como un movimiento contestatario que no dudó en levantar la voz cuando se producían abusos, se relegaba el aspecto social o se traicionaban los valores nacionales. El caso emblemático fue la guerra de Vietnam, donde un grupo de músicos se subió a un escenario para reclamarle a su gobierno el cese de la matanza injustificada y la protesta terminó con un movimiento cultural llamado hippismo que pregonaba el amor en lugar de la guerra.
Es cierto, los años 60 fueron símbolo de rebeldía juvenil. El contexto sociopolítico ayudó a generar este clima de agitación y la música era un elemento aglutinador. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, quedaban sobre el tablero dos bloques hegemónicos: la URSS y Estados Unidos, dando inicio a la Guerra fría. A esto hay que sumarle hechos tales como la construcción del Muro de Berlín, el auge del Che Guevara como figura libertaria, la Revolución Cultural proletaria en China y el Mayo francés.
En la Argentina, bandas como Los Gatos, Almendra, Manal, Sui Genesis, Vox Die, apuntaron el acero de sus letras hacia la armadura del gobierno de facto. Y la nave se sacudió. Para amordazar los acordes, los artistas fueron perseguidos, encarcelados y golpeados. Sólo porque creían que algo se podía cambiar con sus letras. Eran jóvenes e ilusos y no pensaban ni siquiera en ganar dinero. Se conformaban con tener un público que los siguiera a todas partes (la expresión “yo te sigo a todos lados, siempre voy descontrolado” no fue un invento del fútbol).


Y si en los Estados Unidos el negocio estuvo bien clarito desde un principio, en la Argentina, como ocurre en casi todos los órdenes, los arreglos se hacen a la luz de un farol. Como si fuera indigno que los autores hablen de sus ganancias, lo que cobran por musicalizar una propaganda o tocar para una determinada marca. En el país del Norte, todo el mundo sabe cuánto factura cada estrella de la música y de donde provienen sus ingresos.

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