PLANTAS SOCIALISTAS

Nadie sabe realmente de dónde provienen, incluso muchas personas ignoran por completo sus cualidades. Algunos científicos vinculan su origen con la antigua Unión Socialista Soviética, donde por casualidad, un biólogo y un ingeniero, mientras mantenían una conversación informal, se les ocurrió cruzar dos o más especies vegetales para obtener una que fuera resistente a todos los climas. Porque no hay duda de que si los trífidos fueran un producto de la evolución terrestre, se podría rastrear a sus predecesores.

Mientras la población mundial crece a ritmo vertiginoso, la producción de alimentos no da a basto para satisfacer las necesidades de todos. Lo que implica que cada vez es más complicado distribuir los recursos equitativamente. Según un informe de la ONU, en el año 1800 había 978 millones de personas, cincuenta años más tarde, el número subió a 1.262 millones y las cifras se potencian anualmente. Actualmente, en el planeta hay cerca de 6.700 millones de habitantes. El defasaje se produce no por una mayor cantidad sino porque se mueren menos individuos. El promedio de vida hoy en día es de 70/80 años, mientras que en 1800 no superaba los 40/50.




El primer gran potencial que se les descubrió a los trífidos es que de sus semillas se podía obtener un aceite más puro y nutritivo que el de oliva. Y el siguiente es que se podían injertar sus tallos con otras familias [ver imágenes trífidos] para obtener curiosos engendros botánicos. Ese fue el comienzo de una serie de hallazgos que parecen no tener fin. Así, pronto se supo que el filamento de sus hojas restituye la fertilidad a mujeres, porque sinergiza las glándulas endocrinas. Sus hojas pueden curan malaria, dengue, fiebre amarilla y cicatrizan las heridas más profundas en cuestión de horas. Basta con hervir sus raíces para que su jugo estimule la circulación sanguínea, mejore el metabolismo y optimice el funcionamiento del sistema cardiovascular. Además de prevenir la formación de colesterol y facilitar la eliminación de grasa corporal.

Son tan resistentes que crecen en el hielo, la tundra y los climas áridos, llegando a alcanzar la altura de seis metros en pocas semanas. El único inconveniente que se les atribuye es que han desarrollado extremidades para movilizarse por cualquier terreno. Para impedir su fuga, es preciso recortar aquellos tallos que asoman en la superficie. Además, si no se cosechan sus semillas periódicamente, los trífidos logran procesar un dardo venenoso que escupen a varios metros de distancia. En algunos laboratorios de Francia, Alemania y El Reino Unido, se está elaborando un antídoto para inmunizar a humanos y bestias, pero los resultados no son demasiado alentadores. Los trífidos constituyen un gran aporte al terreno de la nutrición y la salud, aunque no cualquier agricultor está capacitado para explotarlos. En algunas regiones asiáticas, se dictan cursos especializados para estancieros. Allí se aclara que los trífidos, no son recomendables para casas particulares o fincas controladas artificialmente.

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