SER O NO SER

El 9 de mayo de 1805 fue una tarde lluviosa en Weimar, una ciudad del Bundesland de Turingia en Alemania. Ese mismo día, moría el poeta, historiador, filósofo, dramaturgo y quien sabe cuántas cosas más, Friedrich Schiller, de una pulmonía causada por un severo cuadro de tuberculosis. Apenas 203 años después, la Fundación Clásicos de Weimar desistió de seguir buscando el cráneo auténtico, tras determinar que ninguna de las dos calaveras depositadas en la cripta real corresponden al literato.

La autopsia practicada unas horas después de su fallecimiento reveló que el pulmón izquierdo estaba completamente destrozado, al igual que los demás órganos internos. El bazo y la bilis exteriorizaban una substancial hinchazón y los riñones habían desaparecido por completo. La única pieza intacta fue el corazón, que no pudo resistir tanto esfuerzo. Según datan los cronistas de la época, se escuchó decir a uno de los galeno “es todo fango por dentro, este hombre debería estar muerto desde hace cien años”.

Esta disputa que lleva años, surgió porque Schiller fue enterrado en una fosa común en 1805 y, veintiún años después, se intentaron rescatar sus restos de una parva de cadáveres. La identificación se hizo a partir de la máscara de yeso que el artista Jagemann le hizo en el lecho de muerte, lo que redundó en una tarea innoble, pues la situación en la fosa era de "caos y podredumbre", como lo describió en su momento el alcalde de la ciudad, Carl Leberecht Schwabe.

Schiller junto a GoetheUna versión menos fidedigna sostiene que en 1826, su amigo Johann Wolfgang von Goethe entró furtivamente a la Biblioteca Anna Amalia, donde en un principio, se alojaban los restos de Schiller y se hizo con su cráneo. Esta guapeza sólo se lo reveló al barón Wilhelm von Humboldt, que como no podía ser de otra forma, no supo guardar el secreto. De acuerdo a la confidencia de Wilhelm, Goethe empleó el cráneo para practicar algunas pruebas. Los huesos de Schiller se conservaron inicialmente en el osario del Jacobsfriedhof en Weimar. Se sospecha que actualmente el cráneo es hoy propiedad de los descendientes del autor de Fausto.

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